
Barbadillo Ryokan, 2. 2009

Sedimentación de carpas, 1. 2009
Roberto Mollá (Valencia, 1966) continúa utilizando el papel milimetrado y sigue dibujando geometrías a mano, lo que conlleva una meticulosidad que ya no parece de esta época.
Sin embargo, el resultado es muy actual por la inteligente convivencia de lo geométrico con lo naturalista, de un vanguardismo clásico con el manga y el anime japonés actual dentro de una atmósfera perdida a veces en nieblas o sombras nubosas.
A continuación, las preguntas que le hemos hecho y las respuestas que Roberto Mollá ha dado.
- Define dibujo, por favor
De las diversas acepciones que propone la RAE para la palabra “Dibujo” me gusta ésta:
Proporción que debe tener en sus partes y medidas la figura del objeto que se dibuja o pinta.
Es cierto que hay dibujos que no guardan proporción alguna ni correspondencia entre sus partes, más aún, que encuentran su valor en esa falta de proporción. Pero quizá toda desproporción es aparente. También hay dibujos en los que el objeto no puede medirse porque carece de forma predeterminada: dibujos automáticos, abstractos o surrealistas, que se recrean en lo amorfo e irreal. Pero “objeto”, según la Academia, es también “aquello que sirve de materia o asunto al ejercicio de las facultades mentales” y esa definición se ajusta tanto a los precisos dibujos de los naturalistas como a los garabatos que hacemos mientras hablamos por teléfono.
Pero quizá la clave la da Palazuelo cuando dice “Si se mira bien, dibujar es cosa enigmática”.
- En Diario de un fantasma Nicolas de Crécy retrata la llegada de un dibujo informe a Japón y cómo alucina con los diseños de personajes que encuentra por la calle y los grandes esfuerzos que hace por adoptar sus formas ¿Te pasó lo mismo la primera vez que fuiste a Japón? ¿Tu estilo gráfico se vio “abducido” por la fuerza visual de lo japonés?
No he leído Diario de un fantasma pero no me cuesta nada reconocerme en esa descripción. La primera vez que fui a Tokio me hice medio japonés para siempre y eso no me ha vuelto a pasar con ningún otro lugar. La influencia en mi trabajo de lo japonés estuvo latente unos años, después fue muy evidente y actualmente es más moderada, dejando espacio a nuevos referentes como las ilustraciones del naturalista Ernst Haeckel, las del caricaturista Luis Bagaría o los prounen de El Lissitzky.
- Un valenciano fascinado por el mundo flotante japonés equivaldría a una japonesa enloquecida con el cante jondo ¿Crees que la globalización nos lleva al intercambio de sustratos culturales?
Bueno, así como con el fantasma de Nicolas de Crécy sí que podría identificarme, me cuesta un poco más, por una cuestión de carácter, verme próximo a la japonesa fanática del cante jondo. Pero no me queda más remedio que aceptar que en ambos casos puede haber una común fascinación por lo exótico, una fascinación que es más antigua que Marco Polo. La globalización que mencionas facilita el acceso a culturas distantes pero al mismo tiempo puede, al unificarlas, disminuir la intensidad de esa atracción.
En cualquier caso, casi siempre resulta más sencillo trabajar en temas que nos son ajenos porque podemos abstraernos de toda connotación y tratar las imágenes como una pura forma.
-Recuerdo haber pasado en los años 70 muchas horas de mi infancia dándole vueltas al bolígrafo sobre aquellos circulitos de plástico que se engranaban en plantillas, el Spyrogyro ¿Has transformado un juguete infantil en herramienta de trabajo adulto?
El mío se llamaba Spirograph. No sé qué fue de él pero Lucía me trajo el suyo al estudio. Un juego completo con infinidad de plantillas. Y recientemente mi hermana me compró uno de bolsillo. Utilizo las espirografías como una especie de “ruido” o desorden controlado. Aportan al dibujo una textura ligera que contrasta con las formas sólidas de colores planos, ayudan a fundir figuras con el fondo milimetrado y a sombrear zonas. También utilicé hace unos años una peonza-rotulador que, girando sobre los dibujos, trazaba al azar otro tipo de espirografías. Ahora creo que tengo que ponerme al día con los utensilios de dibujo de mis sobrinos. Seguro que me estoy perdiendo algo.
- Es curioso que muchos diseñadores y dibujantes sigan utilizando instrumentos que han sido generalmente desplazados por el ordenador. Supongo que es una forma de reivindicar procesos manuales, más directos y por tanto, con mayor capacidad expresiva. ¿Qué herramientas de dibujo manejas y con qué intención?
Después de un apunte esquemático hecho a mano, utilizo el ordenador para continuar bocetando, mezclando imágenes y probando distintas soluciones. Luego vuelvo al papel milimetrado, al lápiz, los pinceles y el gouache. Carboncillo en polvo. Los rottring y las plantillas. Escuadra y cartabón. Creo que tengo genes de dibujante técnico por parte de padre.
Con reglas y compases intento situarme lo más lejos posible del gesto expresionista. Pero por técnico que sea el procedimiento, lo manual, por oposición a las imágenes generadas por ordenador, deja sobre el papel una traza siempre imperfecta que vibra y tiembla como una mano. Que deja huella de cada arrepentimiento. Un proceso tan lento que favorece las intuiciones sucesivas, lo imprevisible que aparece constantemente. Ese tiempo y esa vibración es lo que me gusta ver en un dibujo. La cosa enigmática que decía Palazuelo.
Más información: en urban omnibus y en arte 10
- Define dibujo, por favor
De las diversas acepciones que propone la Academia para la palabra “Dibujo” me gusta ésta:
Proporción que debe tener en sus partes y medidas la figura del objeto que se dibuja o pinta.
Es cierto que hay dibujos que no guardan proporción alguna ni correspondencia entre sus partes, más aún, que encuentran su valor en esa falta de proporción. Pero quizá toda desproporción es aparente. También hay dibujos en los que el objeto no puede medirse porque carece de forma predeterminada: dibujos automáticos, abstractos o surrealistas, que se recrean en lo amorfo e irreal. Pero “objeto”, según la RAE, es también “aquello que sirve de materia o asunto al ejercicio de las facultades mentales” y esa definición se ajusta tanto a los precisos dibujos de los naturalistas como a los garabatos que hacemos mientras hablamos por teléfono.
Pero quizá la clave la da Palazuelo cuando dice “Si se mira bien, dibujar es cosa enigmática”.
- En Diario de un fantasma Nicolas de Crécy retrata la llegada de un dibujo informe a Japón y cómo alucina con los diseños de personajes que encuentra por la calle y los grandes esfuerzos que hace por adoptar sus formas ¿Te pasó lo mismo la primera vez que fuiste a Japón? ¿Tu estilo gráfico se vio “abducido” por la fuerza visual de lo japonés?
No he leído Diario de un fantasma pero no me cuesta nada reconocerme en esa descripción. La primera vez que fui a Tokio me hice medio japonés para siempre y eso no me ha vuelto a pasar con ningún otro lugar. La influencia en mi trabajo de lo japonés estuvo latente unos años, después fue muy evidente y actualmente es más moderada, dejando espacio a nuevos referentes como las ilustraciones del naturalista Ernst Haeckel, las del caricaturista Luis Bagaría o los prounen de El Lissitzky.
- Un valenciano fascinado por el mundo flotante japonés equivaldría a una japonesa enloquecida con el cante jondo ¿Crees que la globalización nos lleva al intercambio de sustratos culturales?
Bueno, así como con el fantasma de Nicolas de Crécy sí que podría identificarme, me cuesta un poco más, por una cuestión de carácter, verme próximo a la japonesa fanática del cante jondo. Pero no me queda más remedio que aceptar que en ambos casos puede haber una común fascinación por lo exótico, una fascinación que es más antigua que Marco Polo. La globalización que mencionas facilita el acceso a culturas distantes pero al mismo tiempo puede, al unificarlas, disminuir la intensidad de esa atracción.
En cualquier caso, casi siempre resulta más sencillo trabajar en temas que nos son ajenos porque podemos abstraernos de toda connotación y tratar las imágenes como una pura forma.
- Recuerdo haber pasado en los años 70 muchas horas de mi infancia dándole vueltas al bolígrafo sobre aquellos circulitos de plástico que se engranaban en plantillas, el Spyrogyro ¿Has transformado un juguete infantil en herramienta de trabajo adulto?
El mío se llamaba Spirograph. No sé qué fue de él pero Lucía me trajo el suyo al estudio. Un juego completo con infinidad de plantillas. Y recientemente mi hermana me compró uno de bolsillo. Utilizo las espirografías como una especie de “ruido” o desorden controlado. Aportan al dibujo una textura ligera que contrasta con las formas sólidas de colores planos, ayudan a fundir figuras con el fondo milimetrado y a sombrear zonas. También utilicé hace unos años una peonza-rotulador que, girando sobre los dibujos, trazaba al azar otro tipo de espirografías. Ahora creo que tengo que ponerme al día con los utensilios de dibujo de mis sobrinos. Seguro que me estoy perdiendo algo.
- Es curioso que muchos diseñadores y dibujantes sigan utilizando instrumentos que han sido generalmente desplazados por el ordenador. Supongo que es una forma de reivindicar procesos manuales, más directos y por tanto, con mayor capacidad expresiva. ¿Qué herramientas de dibujo manejas y con qué intención?
Después de un apunte esquemático hecho a mano, utilizo el ordenador para continuar abocetando, mezclando imágenes y probando distintas soluciones. Luego vuelvo al papel milimetrado, al lápiz, los pinceles y el gouache. Carboncillo en polvo. Los rottring y las plantillas. Escuadra y cartabón. Creo que tengo genes de dibujante técnico por parte de padre.
Con reglas y compases intento situarme lo más lejos posible del gesto expresionista. Pero por técnico que sea el procedimiento, lo manual, por oposición a las imágenes generadas por ordenador, deja sobre el papel una traza siempre imperfecta que vibra y tiembla como una mano. Que deja huella de cada arrepentimiento. Un proceso tan lento que favorece las intuiciones sucesivas, lo imprevisible que aparece constantemente. Ese tiempo y esa vibración es lo que me gusta ver en un dibujo. La cosa enigmática que decía Palazuelo.


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