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Foto: Raúl Belinchón

EXPOSICIÓN ACTUAL

JUAN NAVA: LETRAS. ENCONTRADAS, RECUPERADAS, DIBUJADAS

Del 1 de julio al 15 de setiembre de 2021

En el mundo de las letras —las letras con las que se componen las palabras escritas—, hay rotulistas, hay tipógrafos, hay diseñadores, hay historiadores y luego hay tipos como Juan Nava, que son un poco de todo ello y también algo más.

Juan Nava ha quedado atrapado por el embrujo de las letras. En valenciano podríamos decir que es, en sentido literal, un lletraferit. El español también admite desde hace poco la traducción letraherido. Se dice lletraferit del apasionado de la lectura, pero igual deberíamos reclamar su sentido más evidente: las letras le han llegado muy hondo, como la saeta de Cupido. Para sobreponerse, o para alimentar la pasión, Nava se dedica desde hace tiempo a cazar las letras singulares que se le ponen a tiro, con el instinto infalible del experto, prenderlas con un alfiler, familiarizarse con sus curvas y sus rectas y coleccionarlas en un proyecto de caminos que se bifurcan más allá de toda mesura.

Nava solamente cobra piezas exóticas, eso sí. Me refiero a las letras aventureras que escapan del mundo callado y múltiple del papel impreso —donde algunas llevan la plácida existencia de tortugas casi inmortales— y eligen el mundo azaroso del rótulo, amenazado por el óxido, la carcoma, la luz del sol y las subidas y bajadas de temperatura, por no hablar del cambio de modelo económico o la especulación inmobiliaria. Son letras casi siempre sin pedigrí, con rasgos familiares pero reinterpretadas o reinventadas según lo que demandara la ocasión, marcadas por eventuales ataques de fantasía y pequeños triunfos domésticos, o por hallazgos que fueron fruto de la necesidad. En nuestras ciudades cambiantes muchas de esas letras corren un peligro continuo, pero Nava, justamente admirado por su valor, las retrata y las indulta del único modo que puede hacerlo: preservando su huella, devolviéndoles su naturaleza de puro dibujo.


Foto: Raúl Belinchón

A Juan Nava no le gusta dar demasiadas explicaciones sobre su acumulación quijotesca de rótulos y letras encontrados a ras de ciudad. Cada cual puede elegir la suya, y casi todas son buenas. Hay un enfado por el descuido del patrimonio y el triunfo de la uniformización. Hay una añoranza de la comunidad de escala humana, de la economía de pequeña dimensión, singularizada en reclamos comerciales por profesionales irrepetibles, de kilómetro cero, se diría hoy. Hay una admiración por el talento del rotulista que solo dispone de herramientas artesanales, por necesidad o por convicción, para resolver un encargo, y lo resuelve sin alardes pero a las mil maravillas. Y hay también en Nava un impulso que enlaza con su perfil profesional, de diseñador veterano familiarizado con el letraset, las plantillas, los rotrings, la repromaster y por supuesto los bocetos a lápiz sobre papel cebolla, y lo suficientemente inquieto como para saber que la elección y combinación talentosa de letras y familias tipográficas es uno de los arcanos de su oficio.

Esta exposición, por tanto, tampoco quiere explicar nada. Presenta una muestra sintética del recorrido de una letra hasta que se convierte en marca o en rótulo, y también un elenco de letras recuperadas de rótulos existentes, animadas como para iniciar una nueva vida. En la primera parte Juan Nava recurre a su archivo y descubre bocetos y trabajos de juventud, para mostrar cómo la letra tiene mucho de trazo, de voluta, de gesto realizado con un lápiz o un pincel, donde el color es un elemento superfluo, y cómo las destrezas del dibujo residen en la base del diseño: no por casualidad disegno, la palabra italiana, significa dibujo. La segunda parte, mucho más arriesgada desde el punto de vista conceptual, es una colección asimétrica —algunas letras abundan más que otras— de 279 letras, cuyo único orden evidente es el del alfabeto, aunque el visitante atento puede descubrir algunas claves y ritmos internos. Aquí tan importante es el trabajo paciente de reinterpretación, con herramientas actuales, como la limpieza de toda señal biográfica, incluido el color, hasta dejar a la letra en su pura esencia. Dibujo puro. 

Y en un determinado momento el visitante se da cuenta de que por momentos las dos paredes enfrentadas mantienen un cordial diálogo, y las letras de aquí y de allá parecen dispuestas a darse la mano y emprender un nuevo baile.

Jorge García




Originales. 1987
Grafito, estilógrafo y tinta sobre papel estucado